La huella del Cister en Santa María de Valbuena
Jueves, 13 de Enero de 2011 11:10
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El monasterio de Santa María de Valbuena llegó a atesorar un importantísimo número de obras de arte, algunas de ellas ejecutadas por los mejores maestros del momento, como es el caso de los relieves que aún se conservan del insigne escultor Gregorio Fernández o de un cuadro, hoy perdido, de la mano del propio Tiziano[1].

El transcurrir del tiempo y los consecuentes cambios de gusto, así como los procesos desamortizadores sufridos durante buena parte del siglo XIX, mermaron de forma drástica los bienes de la abadía. Tan sólo su iglesia ha conservado parte de aquel rico patrimonio mueble que, en lo fundamental, está formado por espléndidos retablos barrocos. Junto a estos retablos, el resto del actual patrimonio del monasterio de Santa María de Valbuena lo constituyen una serie de piezas pétreas, fragmentos cerámicos, pinturas y esculturas que, gracias a la aportación económica proveniente de los Fondos Europeos de Desarrollo Regional (F.E.D.E.R.), de la Junta de Castilla y León, del Arzobispado de Valladolid, de la Fundación Las Edades del Hombre y de la entidad financiera Caja España, han sido restauradas recientemente[2].

 

La recuperación de todo este patrimonio ha posibilitado su exhibición en una exposición que nace con carácter permanente y que tiene su ubicación, como no podía ser de otra manera, en el propio monasterio vallisoletano de Santa María de Valbuena, localizado en el pueblo de San Bernardo, y que es actualmente la sede administrativa de la Fundación Las Edades del Hombre. Concretamente, son los espacios monumentales, que en otro tiempo cumplieron función de cocina, refectorio y sala de trabajos, tres salas de bella arquitectura bajomedieval erigidas en consonancia con los postulados de la orden cisterciense, los que acogen la muestra que lleva por título XXX.

La práctica totalidad de las obras que se pueden contemplar se exponen por vez primera y lo hacen bajo un discurso expositivo que tiene como hilo conductor la vinculación de este interesantísimo patrimonio con el monasterio de Santa María de Valbuena. No obstante, se han seleccionado algunas piezas que han llegado para la ocasión procedentes de localidades cercanas y que enriquecen sustancialmente el catálogo de imágenes exhibidas. Todas ellas, y para una mejor comprensión, se han ordenado, en la medida que ha sido posible, atendiendo a su temática, material y cronología, así como a las posibilidades ofrecidas por el espacio.

La restauración y exposición de todo este conjunto de obras artísticas que atesora nuestro monasterio ha posibilitado la realización de un estudio que pretende darlas a conocer ya que, salvo excepciones y en el mejor de los casos, solamente habían sido descritas de manera sucinta o citadas en inventarios. En este estudio también se han incorporado el resto de obras que forman parte de la exposición.

Abre la exposición una reja de hierro del siglo XIX que ha sido instalada en el patio del Compás justo al lado de la entrada que cerraba hasta hace apenas diez años. A continuación, y después de cruzar el citado patio, el visitante llegará al zaguán y desde él accederá al bello claustro monacal en cuya galería sur se disponen los espacios que acogen la muestra.

En la primera sala, que se corresponde con la antigua cocina, se pueden contemplar una serie de capiteles labrados en piedra, cuyo diseño y ornamentación denotan una cronología paralela a las primeras fases constructivas del edificio. Seguidamente, y como reflejo de la significativa importancia que la cerámica tuvo en la arquitectura religiosa, se han seleccionado algunas piezas de azulejería de arista y otras de azulejería pintada que, en su momento, estuvieron revistiendo los pavimentos y los zócalos de muchas estancias de este edificio.

Interesantísimas resultan algunas partes que se exponen pertenecientes a la antigua reja que separaba en el templo el sotocoro de las naves.

Por último, se pueden contemplar dos lienzos; uno de ellos es un exvoto fechado en el año 1673 y titulado el Milagro de Valbuena; el otro, que perteneció en su día al patrimonio de este monasterio y que en la actualidad se conserva en el Museo Nacional Colegio de San Gregorio (Valladolid), representa a fray Agustín López, general de la orden.

Continúa el desarrollo expositivo en el refectorio que acoge el mayor número de obras al constituir la dependencia más amplia de todo el conjunto monástico. La gran mayoría de ellas formaba parte en su día de la decoración barroca de la sacristía.

Da inicio a este espacio un lienzo que representa a San Miguel Arcángel venciendo al demonio. Le siguen San Antonio Abad (escultura del siglo XVIII), San Martín partiendo la capa al pobre (pintura del siglo XVIII), San Jerónimo escuchando la trompeta del Juicio Final (pintura del siglo XVII) y Santa Lucía (pintura de finales del siglo XVI), santos todos ellos que vivieron durante los primeros siglos del cristianismo.

La vida cristiana en comunidad se vio fortalecida por figuras de la talla de Benito de Nursia que favorecieron, con el transcurrir de los siglos, el nacimiento de diversas órdenes, entre las cuales, en Europa, tuvieron una implantación decisiva la benedictina y la cisterciense. Del siglo XVII se exponen varios lienzos que representan a algunos de los santos más significativos pertenecientes a estas órdenes mencionadas. Un busto-relicario de San Benito y otro de San Bernardo, junto a las pequeñas imágenes de vestir de San Bernardo y su hermana Santa Lutgarda, completan este apartado.

Con el nacimiento de las ciudades en el siglo XIII surgió una nueva forma de vida religiosa que dio como fruto la aparición de las órdenes mendicantes. Contamos con las representaciones escultóricas de los franciscanos San Buenaventura, San Luis, obispo de Anjou, Santa Rosa de Viterbo, Santa Catalina de Bolonia y Santa Isabel de Portugal, todas ellas obras del siglo XVIII.

El último ámbito del refectorio tiene como eje principal a la Madre de Dios que bien aparece representada sola, como sucede en una pequeña pintura bajo el tema de la Inmaculada y en una escultura de tamaño considerable bajo el tema de la Asunción, bien junto a su parentela, como en los lienzos de la Sagrada Familia con San Juanito, la Huida a Egipto y en la tabla de Santa Ana, la Virgen y el Niño.

La exposición toca a su fin en la sala de trabajos, admirable espacio de austera arquitectura y bella composición, que acoge algunas obras referentes a la vida de Cristo, otorgando una especial atención a su muerte en la cruz y posterior resurrección.

De Cristo Crucificado contamos con tres tallas, dos pertenecientes al patrimonio del monasterio y una proveniente para la ocasión de la parroquial de Rábano (Valladolid). Todas ellas responden a cronologías distintas; ello facilita una clara comprensión de la evolución de las formas y de la expresividad en este tipo de representación. La más antigua de ellas es de la segunda mitad del XIV y constituye un soberbio ejemplar de Crucificado gótico. La siguiente, de mediados del XVI, es de la mano de Francisco Giralte, mientras que la última fue ejecutada por un autor anónimo en el siglo XVII.

También bajo el tema del crucificado contamos con una pintura realizada al óleo sobre lienzo que reproduce la conocida talla del Cristo de Burgos.

La narración prosigue con una exquisita Piedad procedente de la Colegiata de San Antolín de Medina del Campo, obra del escultor Juan Picardo.

Cierra la exposición una escultura de Cristo Resucitado proveniente de Montemayor de Pililla y tallada en el siglo XVI por un autor anónimo.

El visitante, una vez finalizado el recorrido expositivo, podrá seguir ahondando en el conocimiento de la espiritualidad cisterciense admirando el claustro monacal, la iglesia con todos sus tesoros y, ya por último, la botica, que, si bien no es la que tuvo en su día el monasterio, aporta una idea fidedigna de cómo era este espacio y de la importancia que tuvo.

No nos resta más que agradecer la generosa colaboración de todas aquellas personas e instituciones que han hecho posible esta nueva exposición de Las Edades del Hombre, que sigue la estela de las anteriores colocando, una vez más, ante los ojos de todos aquellos visitantes que se acerquen, un puñado de obras para su contemplación y deleite, sin olvidar el motivo por el que fueron creadas, el mensaje que encierran y la enseñanza que siguen transmitiendo al hombre actual.



[1] Se ignora la forma en que llegó el cuadro de Tiziano al monasterio. Sí sabemos, sin embargo, que la obra fue donada por el monasterio de Valbuena, en el último cuarto del siglo XVI, junto con una caja de plata para el Santísimo, un frontal, dos casullas de damasco y otros objetos litúrgicos, al convento de San Bernardo fundado en la ciudad de Salamanca en 1582. En el inventario realizado de los bienes del convento salmantino en 1610 se le cita en la celda del abad. Ese mismo año o el siguiente la obra fue robada y nunca se recuperaría. Todos estos datos fueron aportados por Redondo Cantera en un estudio realizado sobre el patrimonio artístico del convento de San Bernardo en Salamanca. Véase el artículo completo en REDONDO CANTERA, María José, “El patrimonio artístico del desaparecido convento de San Bernardo en Salamanca (Noticias sobre una pintura de Tiziano y otra del Greco)” en Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, nº 71, Madrid, 1990, pp. 367-388.

[2] Casi la práctica totalidad de este interesantísimo patrimonio artístico tiene la particularidad de ser expuesto por vez primera. Y se hace después de un cuidado proceso de restauración desarrollado durante los años 2008 y 2009 por el equipo de profesionales que integran los talleres de restauración de la Fundación Las Edades del Hombre y por la empresa FENIX Conservación. 


 

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