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A orillas del Duero, en la provincia de Valladolid, próxima a Valbuena de Duero, se encuentra la localidad de San Bernardo, lugar en el que se sitúa el Monasterio de Santa María de Valbuena. A él se atribuye ser el primer lugar, donde, a partir del siglo XII, se comenzaron a sembrar las vides que darían lugar a la conocida denominación de origen de los vinos Ribera del Duero.
La fundación de Santa María de Valbuena se remonta al 15 de Febrero de 1143, fecha en la que doña Estefanía de Armengol, hija de Armengol V, conde de Urgel y nieta del conde Ansúrez, dona unas tierras junto al Duero para erigir un monasterio de clausura.
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Los siglos XII y XIII van a suponer la etapa de mayor crecimiento material y espiritual de toda su historia, lo cual quedará patente en la perfecta muestra de la austeridad del cister que es el Monasterio de Santa María de Valbuena.
Su sobriedad, que nos traslada al siglo XII, se manifiesta en la pureza de líneas de la iglesia, con sus tres naves y cinco capillas en la cabecera, planta típica de este estilo; así como en el claustro bajo, ejemplo de la transición del románico al gótico, o en las estancias anejas a este. Sobresale la sala de trabajos cuya armonía de líneas alcanza la perfección geométrica. Pero si lo que buscamos es deleitarnos en los detalles, el siglo XIII nos acerca a la capilla de San Pedro, en la que destacan sus frescos, admirable ejemplo del gótico lineal en Castilla. Por el contrario, durante el siglo XIV, las guerras, las pestes, el descenso de los conversos, así como el cambio de estructura dentro de la sociedad iniciado en el siglo anterior, sumieron a nuestro monasterio en un gran periodo de crisis. Habrá que esperar hasta que el reformador fray Martín de Vargas convierta a Valbuena en sede de la Congregación de Castilla, y él mismo empiece a desempeñar el cargo de abad de este monasterio. Su buena administración permitirá un renacimiento económico y artístico que se plasmará en las intervenciones llevadas a cabo en el siglo XVI.
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Este siglo viene marcado porque la austeridad va dando paso a la ornamentación propia del renacimiento, patente en el levantamiento del claustro alto y en la decoración pictórica del bajo. La imaginería barroca castellana tiene su máximo exponente en Gregorio Fernández, del cual hay dos importantes ejemplos en la iglesia, la Sagrada Familia y la Lactación de San Bernardo. Esta barroquización latente tiene su culminación, ya adentrándonos en el siglo XVIII, en el retablo mayor y las yeserías que ornan la sacristía. El primero, realizado por Pedro de Correas, está dedicado a la Asunción de la Virgen, en el que esta es coronada por un ángel, mostrando un juego escenográfico muy propio de la teatralidad barroca. Mientras las segundas muestran una clara influencia hispanoamericana. En los siglos venideros comenzará un declive que culminará con la serie de desamortizaciones de principios del siglo XIX que concluirán con siete siglos de vida monacal. Tras la desamortización el barón de Kessel comprará el monasterio, vendiéndolo muy pronto a Juan Pardo. Pertenecerá a esta última familia hasta que en 1950 la propiedad pase al Instituto Nacional de Colonización. El objetivo de éste será transformar la finca, de una extensión de 1191 hectáreas (dentro de las cuales estaba el edificio cisterciense de Santa María de Valbuena), en un poblado junto al monasterio. La iglesia se convertirá en la parroquia del nuevo pueblo de San Bernardo. En el año 1967, el arzobispado de Valladolid compra el resto de los edificios, que, posteriormente, cede a Las Edades del Hombre, para que en ellos se constituya la sede de la Fundación. |
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